-¿Está usted bien? – Sus ojos no se abrieron y no hubo más respuesta que la de un leve sobresalto que no fue suficiente para despertarle.
-¿Esta usted bien? -la pregunta fue más seca que la anterior. Esta vez sus ojos inyectados de sangre despertaron de ese sitio que era mejor que todo esto. Hizo un intento por levantarse que no fue suficiente, recayó en el mismo lugar y se cruzo de brazos. Tal vez esperaba que alguien le dijera que se fuera de ese lugar, alguna agresión, alguna otra orden.
-¿De dónde viene? – Me miró, su mirada pesaba. Sus ojos, esos ojos, decían más que cualquier crónica de una vida. Mencionó algún sitio del que seguramente partió hace mucho tiempo y quien sabe por qué motivos, no entendí, no pude escuchar de dónde. Afuera de la estación llovía, el cielo gris plomo no dejaba secar eso que uno tiene dentro que se pudre con la humedad y la falta de luz. Su ropa sucia y la manta que le cubría no eran suficientes, ni el hecho de que estuviese sentado en el mismo borde donde el agua salpicaba en su caída. ¿Qué más hacer sin tener los medios?. Él no quería hablar, ¿quién querría hacerlo luego de estar perdido en una ciudad de extraños?.
-¿Puedo darle una moneda? -Sus ojos viendo al suelo me avergonzaron; asintió para luego darle lo que yo mismo no tenía. Me fui de ahí. Afuera seguía lloviendo. En la banqueta tres niños montados en la misma bicicleta desafiaban lo que para mis ojos era una tormenta mientras que para otros era sólo un día más.











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